En plena crisis de refugiados, provocada por
el éxodo de los sirios -y no sirios- que huyen de la ferocidad de la guerra en
el país árabe, cruzando el Mediterráneo a bordo de precarias embarcaciones y en
manos de las mafias que se nutren del tráfico de personas, se encuentran las
riquísimas monarquías del Golfo Pérsico con sus ciudades artificiales,
rascacielos, lujos excesivos, etc., que jamás fueron el destino de las personas
que han sobrevivido a los combates en Siria.
Ningún cayuco alcanzó las costas saudíes, país
donde se encuentra la Meca y la Medina (ciudades sagradas del Islam). Y nos
preguntamos, ¿qué lleva a los refugiados sirios a emprender viajes de vida o
muerte buscando un cobijo en Europa, teniendo países araboparlantes y prósperos
a la vuelta de la esquina?
Según un reciente informe de Amnistía
Internacional, los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia
Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwáit, Omán y Qatar), no ofrecieron
ninguna plaza de reasentamiento de refugiados sirios, a diferencia de los
países limítrofes como son Líbano, Jordania, Irak y Turquía, que albergan más
de cuatro millones de refugiados.
Lo atestigua también el director ejecutivo de
Human Rights Watch, Kenneth Roth, al escribir en su cuenta de Twitter a
principios de este mes: “¿Adivina cuántos refugiados sirios se han ofrecido a
recoger Arabia Saudí y otros países del Golfo? Cero”.
Antes de empezar a destapar los motivos por
los cuales dichas monarquías no reciben a los “hermanos sirios”, como suelen
llamarles en sus poderosos medios de comunicación como Aljazeera, Alarabya y el
resto, cabe mencionar que estos países no son firmantes de la Convención sobre
el Estatuto de Refugiados de la ONU del 1951.
Por ello, no admiten solicitudes de asilo
independientemente de la situación o la procedencia. Y los permisos de
residencia, que pueden ser una forma de dar techo a los refugiados, están
directamente ligados al trabajo, y con ello al perverso Sistema de Kafala o
patrocinio, duramente criticado por organizaciones de derechos humanos.
Las explicaciones por las cuales no acogen
refugiados sirios siempre han girado en torno a la seguridad. Se teme que la
entrada masiva de refugiados pueda ser aprovechada por los grupos terroristas
para lanzar sus operaciones. O que la llegada de una nueva población
políticamente activa pueda interrumpir la pasividad de los ciudadanos de estas
monarquías, lo cual amenazaría el frágil tejido político y social basado
-todavía- en los métodos feudales de gobernanza: sistemas monárquicos sin
elecciones ni parlamentos.
Es decir, que es preferible traer la mano de
obra asiática -mayoritariamente de la India, Filipinas, Sri Lanka y Pakistán-
que no comparten ni el idioma ni la religión en muchos casos, que a los sirios,
que están acostumbrados a tener una vida más libre, menos conservadora y con
más capacidad para cuestionar el orden que rige.
Para responder a las críticas recientes de sus
políticas de asilo, estos países se esconden detrás de las generosas donaciones
que financian los campamentos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para
los Refugiados (Acnur). Argumentan que su admisión en estos países dificultaría
su retorno a Siria, pero, ¿por qué no hicieron lo mismo cuando abrieron sus
puertas a los refugiados kuwaitíes después de la invasión de Saddam en 1991, o
los libaneses y palestinos altamente cualificados, que contribuyeron
enormemente en la consecución del milagro económico del Golfo Pérsico? Es
decir, solo se admiten los refugiados cinco estrellas, y los demás tienen los
campamentos de refugiados en Jordania y Líbano.
Eso a pesar del rol que tienen en la prolongación
de la guerra: financian y asisten a los grupos rebeldes que combaten a Al Asad.
El sinfín de facciones islamistas que pelean por el pastel sirio se nutren de
la ideología wahabista imperante en Arabia Saudita. La llamada oposición
moderada está articulada en torno al pensamiento de los hermanos musulmanes,
apoyados por Qatar, otra monarquía del Golfo, que a pesar de tener una renta de
93.000 dólares per cápita según el Banco Mundial, ni siquiera se ha pronunciado
sobre la crisis de refugiados.
Mientras tanto, es decir, mientras pedimos a
Alemania más solidaridad, no hay presión política ni mediática sobre los países
del Golfo Pérsico para que cambien sus políticas migratorias y de asilo, eso si
exceptuamos una minúscula campaña que hay en Twitter como la recién lanzada
bajo el lema #RecibirALosRefugiadosSiriosEsDeberDelGolfo, o un tímido artículo
que cuestiona la falta de solidaridad de dichos países.
La responsabilidad tiene que ser de todos, y
sobre todo de aquellos que desestabilizaron países y fomentaron la acción
bélica: es el caso de los países del Consejo de Cooperación del Golfo.
Comparten idioma, cultura y religión con la mayoría de los sirios. Abrir sus
fronteras sería una buena respuesta a las políticas xenófobas y poco solidarias
del bloque del Este (Hungría, Eslovaquia y República Checa).
Las petromonarquías y la crisis de refugiados sirios
18/Sep/2015
La República, Por A. Taleb Omar